jueves, 16 de junio de 2011

Día veinticuatro: ir… volver… ir… volver…


Silencio en el frente. Ni un cohete se oye en Ad Dafiniyah, donde todo me lo encuentro cambiado. Fue ayer por la tarde, los rebeldes empujaron la línea del frente unos dos kilómetros hacia delante, y ahora los puestos están vacíos, nadie detrás de los enormes contendores que hace tan sólo unos días estaban reforzando. Hay colchones y mantas en los arcenes de la carretera, pero ni un alma, así que me voy hasta donde están los soldados, más allá de lo que nunca se han puesto. Y encima parece que tengo suerte, porque me dicen que en media hora piensan entrar en las posiciones de Gadafi, a un kilómetro y 650 metros más adelante. Me preparo, aunque tanta exactitud me hace desconfiar, qué le vamos a hacer. Se van los soldados que estuvieron por la noche y en cuanto lleguen los nuevos (que ya están de camino), allá que vamos a darles lo que se merecen.

Entonces oigo como un silbido muy cerca, mucho más leve que los cohetes Grad, y a unos treinta metros por encima de nosotros, algo hace “pof” y una nube de papeles lo cubre todo. ¿Confetti en una guerra? No exactamente: la OTAN por la presente le informa, estimado soldado de Gadafi, que está usted aún a tiempo de deponer las armas y su actitud, que no debe seguir disparando sobre civiles y que si usted llega a ver este helicóptero aquí dibujado sobre un tanque en llamas, ya será demasiado tarde.

Los rebeldes entran en júbilo y, aunque el panfleto en ningún sitio indica la inminencia de un ataque, todos lo asumen… Y no sólo cancelan su aventura sino que además deciden abandonar el territorio ganado ayer, que no sólo costó un gran esfuerzo sino también la vida de seis hombres.

Primera observación: ¿cómo es posible que la OTAN y los soldados rebeldes estén tan poco coordinados? ¿No sabe la OTAN que esto ahora –desde ayer por la tarde- es territorio rebelde? ¿Cómo estaban planeando avanzar más?

Segunda observación: ¿qué tipo de estrategia tienen las milicias rebeldes, que lo mismo avanzan cinco kilómetros que retroceden tres?

Tercera observación: si el ejército regular libio aún no se los ha llevado por delante es porque los unos son tan chapuceros como los otros – sin ir más lejos, hace tres días una columna de soldados de Gadafi fue detenida en el checkpoint de Kararim (junto a Tawarga) porque estaban avanzando de noche por la autopista (mira que será grande el desierto) y con las luces encendidas.

La retirada es rápida y no muy caótica, y el frente es ahora una fiesta: gritos de “Alla-hu Akbar”, música pop árabe saliendo de los coches, reparto de comida y zumo… Nadie piensa en el territorio perdido, todos han supuesto que por fin llega la ayuda.

El caso es que cuatro horas después no hay a la vista ningún helicóptero, ni fuego por parte de nadie. Los rebeldes han decidido mantener una mezquita dentro de la zona conquistada, con la ingenua creencia de que bueno, quién puede ser tan salvaje como para disparar sobre una mezquita. Los minaretes derribados por las fuerzas de Gadafi por todas partes de Misrata no deben ser evidencia suficiente.

Por la tarde me aburro soberanamente, charlando con los jóvenes, fumando nargileh, bebiendo un té tras otro. Han capturado un lanzacohetes de fabricación polaca y me preguntan (soy extranjero así que tengo que saberlo) cómo se utiliza.

Volvemos a subir a la colina donde ya estuvimos la semana pasada de reconocimiento, y si entonces me sorprendió que utilizasen este puesto avanzado para usar el teléfono móvil, hoy parece una romería. Seis o siete coches con tipos subidos sobre el techo, gritando algo así como “¿Me oyes? ¿Pero me oyes?”. Un soldado que tienen familia en la ciudad de Sabah, al sur de Libia (y lugar de origen de bastantes de los mercenarios del dictador), nos cuenta que acaba de recibir la noticia de que Sabah se ha levantado contra Gadafi y el ejército ha matado a 19 personas.

Me voy con un tipo al que llaman Basusi por detrás de la colina, a observar cómo están las cosas. Vamos agachados, con discreción. A nuestra derecha, hacia el este, el frente de Ad Dafiniyah está callado. Zlitan, sin embargo, arde. Zlitan es la siguiente ciudad camino de Trípoli, aislada de Misrata por diez kilómetros de territorio que los milicianos no pueden cruzar (la famosa línea roja de la OTAN), que se ha levantado contra el dictador y que esta tarde, sin asistencia, está sufriendo un embate terrible: se ven columnas de polvo donde los misiles impactan el suelo, se oye un tableteo constante de ametralladoras por todas partes.

No me lo quiero imaginar, y la verdad es que apenas me da tiempo a imaginar nada porque, un momento después de que nuestra discreción sea rota por un coche que aparca un poco por detrás de nosotros como si tal cosa, nos comienzan a disparar desde las posiciones gubernamentales más cercanas. Las balas, de ametralladora de 23mm, impactan la tierra unos metros por delante, nos tiramos al suelo, salimos corriendo en cuanto los disparos terminan y lo siguiente es un zafarrancho total: en estos momentos los soldados de Gadafi están preparándose para lanzar cohetes sobre la colina, me dicen, y lo cierto es que veinte minutos después (tiempo de sobra para ponernos a salvo), empiezan a caer un total de 23 misiles. Cuando volvemos a la posición de partida, uno de los soldados tiene que ir al baño. Y mi amigo Mohammed, el pobre, le ha cortado el teléfono a su novia de Trípoli justo cuando se han empezado a oír los tiros. Esta noche, me dice, volverá para tranquilizarla.

Hoy es uno de esos días en el que tantas cosas pasan sin que nada pase. Para mañana hay programado un ataque a las siete de la mañana, así que me preparo para madrugar y presentarme en el frente a esa hora, y acompañar a mis amigos de la posición cuatro. Que lo sepan ellos mismos y más aún que me lo digan a mí, me hace creer que simplemente no va a pasar, pero es que encima, el mundo está en otras cosas: en el centro de prensa de Misrata hay una reunión de coroneles de todos los frentes, la gran noticia es que la OTAN les ha dicho a los rebeldes que se retiren aún más, como dos kilómetros por detrás de sus propias líneas porque mañana es el día, el gran día: van a pasar por todo el frente machacando todo lo que se mueva desde el aire. Cual jinetes del Apocalipsis, aviones y helicópteros trazarán una línea de destrucción total.

Parece ser que los panfletos de la OTAN de por la mañana eran en realidad el argumento legal necesario para convencer a algunos miembros recalcitrantes de la alianza de la legitimidad del ataque: advirtieron de que no lanzasen cohetes sobre zonas civiles y precisamente la definición de “línea roja”, esa que los milicianos rebeldes no han podido cruzar todos estos días, es exactamente eso: la línea que divide lo militar de lo civil. Les advertimos primero (no disparéis sobre zonas civiles) y al no cumplirlo a lo largo del día nos han dado el mecanismo legal para actuar, ahora sí, de manera contundente.

Mañana veremos. Saldré de Misrata a las seis y media e iré hasta donde me dejen ir. A ver si se puede presenciar esto del ataque aunque, ¿por qué será que no me lo acabo de creer?

miércoles, 15 de junio de 2011

Día veintitrés: desminando con un palo – La razón y el corazón


Como periodista, uno tiene que estar interesado por todo. En Misrata, la presencia de extranjeros es algo excepcional, y si encima son periodistas, la reacción de la gente está entre la fascinación, la solidaridad y el agradecimiento a que vengamos a “contar al mundo” lo que está pasando en su ciudad. Mucha gente se acerca al hotel a intentar que nos interesemos en los múltiples ejemplos de brutalidad del régimen caído. Pero claro, lo que para la gente es importante e interesante, y digno de mostrar, nosotros lo vemos de otra manera: es en el fondo irrelevante, o es difícil que sea publicado en este momento, o incluso nunca. Pero nunca se sabe, así que yo he perdido mañanas y tardes enteras siguiendo la pista de historias de las que no ha salido ni una sola foto.

Así que cuando anoche, uno de los empleado del hotel me dijo que hoy a las ocho habría un tipo para llevarme a ver “unas armas chinas”, lo cierto es que no me apeteció mucho. Además, las ocho en este país significa “no antes de las doce” y yo quería ir al frente después de varios días sin ir y no quería perder la mañana esperando. Para mi sorpresa, a las ocho en punto había un coche con ingenieros del grupo de apoyo al consejo local de Misrata esperando en el coche y (un poco también para mi sorpresa) me fui con ellos a ver qué era eso de las armas chinas.

Las armas chinas resultaron ni ser armas ni ser chinas. Conducimos por la carretera sudeste, hacia el frente de Tawarga, y a unos veinte kilómetros de la ciudad paramos en medio de la nada: por detrás el perfil industrial de la planta de acero y el puerto; por todas partes una llanura reseca y punteada de arbustos diminutos y manchas de sal. Hacia el este, confundiéndose con el horizonte, un grupo de camellos semisalvajes. Bajo una enorme torreta de alta tensión, un pequeño campamento de civiles con sus obligatorios kalashnikov, pick-ups, fuego para el té, neveras portátiles… El conjunto estándar libio. Detrás de ellos, una alambrada de espino que rodea una extensión de terreno minado. Aunque se habían encontrado explosivos en la ciudad (restos de los terribles enfrentamientos de hace dos meses), es la primera vez que en Misrata se encuentran minas.

Pero la sorpresa no sólo no acaba aquí  sino que lo mejor estaba por empezar. Dos tipos se dedican a desminar. Sin ningún tipo de protección, sin marcar el terreno ni cartografiarlo, y utilizando como única herramienta de trabajo… Uno de ellos un palo de madera (la mitad de un taco de billar) y el otro un elemento similar de aluminio, a todas luces proveniente de una cortina de ducha. Me quedo tan atónito que tan sólo empiezo a hacer fotos cuando ya están dentro del campo minado. El procedimiento es sencillo: rascan el suelo un poco con su palo y, sin nada explota, ponen ahí el pie. Por alguna señal que les debe llegar del más allá, de vez en cuando se paran, se agachan, limpian el suelo, desentierran un cilindro plástico diminuto donde está insertado un detonador que desenroscan con cuidado antes de guardar todo en una bolsa. Y así siguen, moviéndose, girando, estirando las piernas como si estuviesen haciendo ejercicios de Tai-Chi: van hacia delante, retroceden, se mueven hacia los lados, giran otra vez, se estiran un poco más, uno delante del otro con sus gafas de sol y su gorro, en medio de la inmensidad del Sahara que empieza aquí.

Viene más gente, entran y salen del campo minado pisando por un caminito estrecho que se ve que han recorrido muchas veces, me animan a acercarme al sitio donde los dos “expertos” no dejan de sacar pequeñas minas.

Y entonces pienso, y al mismo tiempo también siento el instinto: pienso que no me va a pasar nada, que es evidente que por allí andan constantemente estos tipos y que puedo pisar sobre sus huellas; pienso que si limpian de esta manera, es imposible que las minas estén activas y de hecho no le han explotado a nadie (excepto por un camello que, parece ser, anduvo por aquí hace unos días, pero en realidad no está muy claro qué le pasó al pobre animal); y sin embargo el instinto me dice que no, que cruzar el alambre de espino es cruzar un límite innecesario. Y puede la razón y me adentro unos pasos hasta situarme allí donde puedo hacer fotos con el 28mm a gusto, aunque no me mueva un centímetro de mi sitio mientras un señor despreocupado de todo se gira sobre sí mismo para alcanzar una mina aquí, otra más allá, una tercera a la derecha que desentierra en un santiamén para ponerlas a mi lado, una pila de diminutos cilindros de plástico a un lado y una pila de pequeños detonadores a otro.

Durante un rato fotografío sin pensar, es sólo después cuando las explicaciones empiezan a surgir: parece ser que los soldados de Gadafi minaron esta zona para proteger dos lanzadores de cohetes Grad que en aquel momento tiraban sobre la ciudad y que ahora no son más que una pila de escombro y chatarra después de que la OTAN pasase por aquí hace alrededor de un mes. Y me imagino a un jefe cualquiera señalando con una mano la pila de cajas con las minas y al otro la extensión vacía, y a tres chavales cualesquiera, temblorosos y asustados, asegurándose que ninguna de esa cantidad inmensa de minas que están enterrando por todas partes les estalle en las manos.

Porque me dice la razón que a estos señores que voluntariamente y sin ningún tipo de ayuda ni reconocimiento por parte de nadie, ni entrenamiento ni formación específica de ningún tipo, no es posible que a estas alturas no les haya estallado ninguna mina en las manos. En dos horas han recogido 87 minas, que apilan en cajas de madera y se llevan por ahí.

No puede ser de otra manera, y sin embargo en esta guerra tan absurda y loca como todas las guerras son en un sentido u otro, los verdaderos héroes no van a tener jamás una estatua con su nombre en ningún sitio.



martes, 14 de junio de 2011

Día veintidós: pensar en el futuro


Lo siento, Eduardo. Las fotos me gustan, pero no hay demanda de Misrata. El mundo está pendiente de Siria

Soy un fotógrafo freelance, como casi todos los fotógrafos lo son hoy día: no tengo contrato y envío mis fotos a una agencia que me paga cantidades misérrimas con las que no cubro costes operativos, por no hablar de amortización de equipo, contribución de autónomos, una hipoteca o lujos por el estilo. Mi equipo de seguridad me lo ha prestado Reporters Sans Frontières, y el seguro médico y de repatriación que he contratado me lo pago de mi bolsillo.

Ser fotógrafo de guerra es jugar a la lotería por partida doble: primero te la juegas en el frente, donde eres capaz de controlar las variables de la peligrosidad tan sólo hasta cierto punto. Al cabo, una guerra es una guerra y el día más tranquilo puedes acabar en una caja de pino, incluso con tu flamante chaleco y tu a priori impenetrable casco. Uno es cauto, se arrima pero intenta no exponerse a riesgos innecesarios, en el fondo y siendo honestos, no es ni mi libertad la que está en juego en Libia ni mi familia sobre la que apuntan las armas del otro, y al fin y al cabo, nadie me ha obligado a venir aquí. Pero no hay otra manera de hacer buena fotografía de guerra que acercarse al jaleo.

Por las tardes vuelvo del frente, o de donde haya estado ese día, con las fotos en las cámaras. Descargar al ordenador, editar, enviar a la agencia. A veces las fotos son buenas, otras veces no lo son tanto por muchas razones: no ha habido acción, no he tenido suerte o no he sabido ver. A media tarde envío (y mi hora límite en Libia son las seis de la tarde, justo en el momento del día cuando la luz es mejor) y espero la respuesta de la oficina de El Cairo. La segunda lotería es ese correo de vuelta, que puede que me diga que sintiéndolo mucho, con sudor o sin él, tanto si las balas te han pasado rozando como si me he pasado el día tumbado, hoy al mundo no le interesa Misrata lo suficiente. Nadal ha ganado en París, hacía calor y el perro de la Casa Blanca se ha echado la siesta, en cinco años todos utilizaremos el último aparato de Apple y quienes no lo hagan serán unos paletos. Da lo mismo, por lo que a mí respecta, ese día no hay ingresos.

Todo esto no es una queja lanzada al viento anónimo de la blogosfera, más bien una puntualización para contradecir el espíritu romántico que rodea la figura del fotógrafo de guerra: ¿un tipo aguerrido y sin afeitar, idolatrado por las mujeres, que se lanza en paracaídas detrás de las líneas enemigas, que lo mismo desembarca en Normandía el primero que se infiltra con los mujahideen y pasa de contrabando fronteras por pasos de montaña escondiendo sus carretes en el dobladillo de la chaqueta? En la mayor parte de los casos, más bien un trabajador precario que se gasta sus ahorros para ir a la guerra, con la ilusión de saltar lo suficientemente alto y que se fijen en él los todopoderosos editores de las agencias o de los medios importantes. Aquí el ideal no es la revolución ni la libertad sino un contrato.

Claro, que también en el mundo del fotoperiodismo hay clases y cielos: un contrato con una agencia o con un gran medio internacional es la clave del éxito, el paraíso de los escogidos que viajan con una cuenta de gastos, se alojan en los mejores hoteles y lo mismo llevan un ayudante que dos, chófer, traductor, lo que haga falta.

Con todo, lo más importante no es ni el talento, ni el trabajo duro, ni la comercialización correcta de tu trabajo, todos ellos necesarios. Lo realmente importante, sin lo cual es imposible ser un buen fotógrafo, es creer en lo que haces. El entusiasmo, el convencimiento de que lo que haces es lo más importante que podrías estar haciendo y además y sobre todo, que es importante para aquellos a quienes enfocas.


lunes, 13 de junio de 2011

Día veintiuno: volteando la mesa


El frente más cercano a Misrata es Ad Dafiniyah, a unos 25 kilómetros al oeste. Los cohetes Grad que disparan “del otro lado” pueden caer a unos cinco kilómetros más cerca, puesto que el objetivo no es la ciudad (por el momento) sino las posiciones de los soldados rebeldes. Eso hace una distancia de veinte kilómetros de los impactos.

Desde mi habitación en el hotel, desde cualquier parte de la ciudad, en realidad, se oyen y se sienten los impactos de los cohetes. Algunos días un poco más (parece ser que en estos temas influyen la dirección del viento y puede que la limpieza del aire y su nivel de humedad), algunos días un poco menos, pero si uno necesita un buen indicador de qué está pasando en el frente, sólo tiene que aguzar el oído.

Yo hoy quería ir al frente al menos un rato, el plan de todos los días. Pero no ha hecho falta aguzar mucho el oído para percibir la enorme cascada de proyectiles que las fuerzas leales a Gadafi han soltado hoy sobre Ad Dafiniyah. Ése ha sido el sonido constante durante el día, un martilleo que a veces hacía temblar ligeramente los cristales. Si de los ataques de anteayer se decía que habían caído trescientos misiles, hoy han debido caer más de dos mil. Y marcando el límite de lo que estoy dispuesto a arriesgar precisamente en los ataques masivos con misiles, me he quedado en Misrata.

Siempre hay un plus ultra en el catálogo del horror. Hoy en el hospital de Hikma he visto cuerpos sin cabeza, miembros despedazados, dos médicos sosteniendo el brazo de un hombre que apenas se sujetaba a su cuerpo (y que fue amputado poco después), cadáveres alineados en habitaciones a rebosar, hombres llorando como niños en el hombro de sus compañeros, un soldado con enormes huecos sangrantes donde deberían estar las rodillas, un abdomen abierto con la mirada en el vacío. Y así podría seguir, uno por uno, contando hasta más de treinta fallecidos y ciento cincuenta heridos, y ni uno sólo de ellos por impactos de bala. Y podría hacer un análisis detallado pero sólo añadiría cantidad, y harían falta muchas palabras para describir con veracidad el horror.

Me he encontrado en el hospital a Khalil, mi amigo de la posición dos, que ha perdido a dos de sus mejores amigos y de manera continua, sin apenas tiempo para pensar, ha partido a enterrarles. Me ha contado cómo ha pasado todo: los rebeldes hicieron una incursión temprano, como tantos otros días. Tomaron dos tanques y parece que mataron algún soldado enemigo. Luego se fueron retirando y es cuando comenzaron a recibir fuego enemigo, tanques mientras estuvieron a tiro y después misiles Grad. Muchos Grads, todo un día entero, miles de proyectiles que inmediatamente pusieron en marcha las ambulancias, desbordaron los hospitales, destrozaron no sólo la vida de los soldados muertos hoy sino también la esperanza y la moral de las tropas.

En la cadena de eventos le ha faltado el hecho de que ayer, por fin, la OTAN atacó el frente de Misrata. Qué irónico que el acontecimiento que todos esperaban con tanta ansia, haya pasado casi desapercibido. Es cierto que fue un ataque relativamente pequeño, apenas cinco golpes de avión (nada de helicópteros Apache de momento) sobre el frente que ha debido dejar algún que otro tanque y vehículo calcinado. Una especie de aviso al que Gadafi ha contestado de manera contundente.

Cómo cambian las cosas en tan sólo un par de días. Cuán fácil es sentirse preparado para la victoria, qué rápido es el engaño de pensar que el dictador está en las últimas, que basta un leve empujón para hacerle caer. Gadafi ha instaurado un reino del terror que probablemente es aún más estrecho en las partes del país que aún controla. No tendrá el cariño de los libios, no tendrá soldados dispuestos a defender su causa pero lo que sí tiene es una cantidad enorme de armamento y unos bolsillos enormes que le permiten gastar y gastar en munición. Y fronteras imposibles de controlar, porque no digo nada nuevo al afirmar que el comercio de armas es de los negocios más sucios e incontrolados del mundo. Con Sudán, Chad, Níger o Argelia como vecinos, con todo un desierto inmenso e imposible de controlar… ¿Quién impide al tirano mantener este mismo ritmo de martillo durante meses y años?

Porque repentinamente los cálculos podrían ser otros. En la última semana, entre fallecidos y heridos, los rebeldes han perdido quinientos hombres. Precisamente su mayor capital, su mejor baza.

Hoy la ciudad estaba cerrada a cal y canto, Misrata estaba en silencio excepto por los rumores constantes de la guerra, por las sirenas de las ambulancias y por el constante sonido de “Alla-hu Akbar”, Alá es el más grande, que provenía de las mezquitas.

Al final del día se me ha ocurrido, como corolario y sin estar descubriendo la rueda, que parece mentira hasta qué punto el mundo se divide en poderosos y pringados. Los muertos los ponen las familias normales, que esta noche y hasta el fin de sus días llorarán la muerte de un hermano, un hijo, un primo, un padre. Y sus muertes servirán de poco porque la guerra de Libia no se va a decidir (ahora ya está claro) ni en Ad Dafiniyah ni en los otros frentes sino en despachos a miles de kilómetros de aquí, y no será porque Gadafi tiranice a su pueblo sino porque alguien haya perdido cinco puntos en las encuestas de intención de voto y necesite mostrar un lado un poco más duro, o distraer a su opinión pública, y apretará unos botones o hará unas llamadas. Es irónico pero al mismo tiempo un reflejo de lo podrido que está el mundo, el hecho de que en el fondo será para bien, porque cualquier medida que termine con esta guerra y con cuarenta y dos años de tiranía en este país, me parece bienvenida. Hoy el final, sin embargo, parece un poco más lejos que ayer.



domingo, 12 de junio de 2011

Día veinte: de resaca


No siempre ocurre, pero hay veces en que los acontecimientos del día se arrastran hasta el día siguiente, lo condicionan. Como si veinticuatro horas no fuesen suficientes para contener las emociones de un día.

Hoy he salido tarde del hotel y ¡oh, extravagancia! he andado por las calles de Misrata. Es raro porque en esta ciudad nadie camina por la calle jamás, o quizá lo hiciesen los inmigrantes en su momento, pero ahora no están y las aceras están siempre vacías.

Y lo mismo que caminar, el resto de mis actividades han estado guiadas por el impulso, por la inercia de todo lo que pasó ayer.

No sólo del frente vive el fotógrafo de guerra, para hoy tenía pendientes algunas de esas historias que contrastan con la violencia y complementan las fotos de acción: unos chavales que hacen hip-hop y hasta graban sus propios CDs, por ejemplo. Pero no estaban todos y lo hemos dejado para mañana. Siguiente idea: instalaciones de entrenamiento para los militares que salen luego al frente; pero no aparecen en el lugar de la cita. Por último la visita diaria al frente, después de la comida en el caso de hoy. Allí no está pasando nada más que el refuerzo de las posiciones rebeldes: abren contenedores para llenarlos de arena, levantan nuevos parapetos con excavadoras. Es una mala señal, indica que las posiciones se solidifican más y más, que la guerra durará.

Por la noche toca rueda de prensa. El representante militar de los rebeldes, Ibrahim Beit Al-Mall, también jefe de la policía, un tipo con una cara siniestra y durísima y una mirada de acero a quien me encantaría hacer un retrato, nos cuenta otra vez historias para no dormir: que los rebeldes tomaron Tawarga pero retrocedieron para proteger a las mujeres y a los niños; que Gadafi droga a sus tropas para que le sean leales (exactamente la misma acusación que el dictador ha dicho tantas veces de los rebeldes); que ayer mataron más de cien soldados enemigos… Con ruedas de prensa como ésta, quién necesita la realidad.

P.D. sobre los comentarios en el blog: a partir de hoy, he decidido cancelar la posibilidad de dejar comentarios en el blog, y he borrado los comentarios de días anteriores. En este blog explico mi experiencia como fotógrafo en la guerra de Libia, e inevitablemente lo personal se mezcla con la política. Pero no es un espacio para discutir sobre quién lleva razón en la guerra, ni para hacer apología de un dictador, y menos aún para hacerlo desde el anonimato. No me molesta, pero no es el sitio. Agradezco los comentarios positivos que hasta ahora he tenido, y animo a quien me quiera comunicar algo constructivo (positivo o no) a que lo haga a través del formulario de contacto de mi página web: http://www.eduardodefrancisco.com/es/Contacto.html



sábado, 11 de junio de 2011

Día diecinueve: días de muerte y duelo


Misrata es una ciudad de contrastes y de emociones fuertes. Si todo el mundo parece vivir como si fuese el último día de su vida, es porque realmente puede que lo sea. La ciudad vive el momento, el día a día, sin pensar ni plantearse qué puede pasar mañana, el mes que viene, el próximo año y sobre todo, el día en que Gadafi no exista. Gadafi es hoy más que nunca el eje de la vida de los libios, su principal punto de referencia, el objeto de su odio más visceral. Se le maldice, se desea su muerte todo el rato, se le achacan los males más diminutos. Forma parte de esa misma sensación intensa de vivir el momento, es su lado negro, el demonio necesario en el que reflejar su unión, su solidaridad, sus esperanzas de futuro.

Hoy el frente de Ad Dafiniyah estaba prácticamente vacío. En las posiciones avanzadas, un puñado de hombres se acurrucaba detrás de los contenedores. Entre posición y posición, habitualmente un jaleo de coches y kalashnikovs, con colchones y mantas por todas partes, hoy no había nada.

Anoche, en la televisión libia, el dictador dio uno de sus discursos grandilocuentes. Se iba a vengar, dijo, iba a erradicar a los rebeldes, a matarlos como ratas, a contraatacar. Y dicho y hecho, a partir de las cinco de la mañana, sobre todos los frentes de Misrata han empezado a llover las bombas: morteros pero sobre todo misiles Grad, la evolución de los Katyusha soviéticos, con alcance y puntería mejorados. Con regularidad y con intensidad, del cielo caía la muerte sobre Misrata. Ad Dafiniyah, Abderuf, Tawarga, los tres frentes de la ciudad arden hoy y desde el mismo centro de Misrata se puede oír cómo retumban los misiles.

Khalil, amigo del puesto dos con el que ya he compartido un par de incursiones, resume lo que todos piensan: “¿Qué pasa con la OTAN? ¿Dónde están? Mientras ellos piensan y deciden, nosotros todos los días enviamos hombres al cementerio”.

Hoy no había símbolos de victoria ni gritos de ánimo. Nada se puede hacer contra un misil, que mata allí donde cae, la pelea es tan desigual que los soldados se desesperan. A fin de cuentas no son profesionales de la guerra sino civiles con un arma en la mano, ciudadanos de a pie que hasta hace muy poco tiempo se dedicaban a sus asuntos y hoy se ven metidos hasta las cejas en una guerra sin comerlo ni beberlo. Hoy están desmoralizados, irritados, tremendamente frustrados ante esta lotería de la muerte.

Pero no me da tiempo a pensar mucho: un misil cae a unos doscientos metros, esto es peligroso, decido irme al hospital del frente.

Van llegando heridos. Un hombre se desangra, sobre él hay un bosque de brazos levantados con sueros y sangre. Un médico le practica una traqueotomía y de repente un tubo de plástico le surge de la garganta, pero no hay tiempo para casi nada, pierde el pulso y muere con una rapidez que me aterra, y de la misma manera es envuelto en una manta, retirado. No sé cómo ha pasado, la irrealidad del momento contrasta con el hecho de que tengo fotos. Y se supone que las fotos reflejan la realidad.

Un trabajador lava el suelo salpicado de sangre por debajo de la camilla. Empuja el líquido rojizo hacia la calle, la sangre se desparrama sobre la tierra del exterior, desapareciendo al instante, absorbida por la arena. El sol termina de secar el cemento, los médicos van a lavarse y descansar. Queda un hueco vacío y un profundo silencio allí donde un hombre acaba de perder la vida.

Jalal, uno de los trabajadores del hotel, es un hombre mayor, amable y paciente. Ayuda a los periodistas en todo lo que puede, lo ha hecho desde el primer día de una manera natural y espontánea. Hoy, sin embargo, ha fallecido su sobrino en el frente de Tawarga, y me acerco al entierro. No es la misma persona que vi morir por la mañana pero fácilmente podría haberlo sido, y éste, el último y definitivo eslabón. Los hombres rezan, una multitud seria, que forma líneas horizontales frente a un ataúd sencillo de madera de pino. Una mezquita simple, un pequeño cementerio de barrio plagado de tumbas de tierra o cemento. La sencillez de los cementerios musulmanes.

No serán más de quince minutos, lo que se tarda en finalizar todo el ritual. El cuerpo sin vida del joven se trasvasa de un cajón a otro, se cierra la tapa, se cubre todo con algas de mar, con tierra, con piedras. Se riega. La multitud no deja de cantar “Shahid habib Allah”, los muertos en combate son amados por Allah. Un hombre clama contra Gadafi, da un discurso que trata sobre agravios que serán vengados, injusticias que no se permitirá que continúen, justicia que habrá de llegar tarde o temprano, en este mundo o en el siguiente. El consuelo es superficial: los familiares rompen en sollozos, se abrazan, reciben el pésame de todo el mundo.

Y otra vez, y por segunda vez hoy, todos se van a casa y el trasfondo del ruido del tráfico tan sólo acentúa el silencio tan profundo que oigo, el abismo de vacío que es la única alternativa a pensar en un hombre que apenas unas horas antes desayunaba y partía hacia el frente.

En el hospital de Hikma han pegado una lista a una pared: diecisiete nombres, diecisiete muertos en lo que va de día es el resultado de la venganza de Gadafi sobre la ciudad. Decenas de heridos, un número incontable de hombres y mujeres que esta noche sufrirán de duelo y dolor.



viernes, 10 de junio de 2011

Día dieciocho: las líneas rojas


Junio avanza, la primavera termina, se acerca el tórrido verano… Y la guerra sigue y sigue. Retomando la pregunta que ayer se hacía Ahmed, el médico del hospital del frente… ¿Por qué la OTAN no acaba con Gadafi de una vez?

Por un lado está lo militar, y por el otro está lo político. Según lo que he visto en el frente, no creo que a los soldados rebeldes les costase mucho desbordar las líneas de Gadafi y lanzarse sobre Trípoli. Si el dictador tiene armamento pesado, para eso está la OTAN: con protección aérea los milicianos no tendrían mucha oposición, y serían pocos los soldados del ejército libio que defendiesen a su líder hasta el final. Parece claro que los países de la OTAN estarían interesados en acabar esto lo antes posibles por toda una serie de razones: el coste de la intervención en un momento de crisis, ejércitos que ya están implicados en otras guerras, la creciente dificultad de justificar el bombardeo de objetivos militares que no están a su vez bombardeando civiles (y por tanto excederse en su mandato de proteger civiles), y el riesgo de que el conflicto se paralice y se convierta en una larga sangría en un país que pierde el entusiasmo y el idealismo del momento. Libia podría recordar a Afganistán después de la expulsión del ejército rojo.

Pero a mi entender, lo que la OTAN no quiere es que Libia recuerde no ya a Afganistán sino a Iraq. Sigue sin estar claro cómo las filiaciones tribales afectarían las luchas de poder en una Libia post-Gadafi. Sigue sin saberse qué tipo de arreglo tendrían las diferentes facciones del Consejo Nacional de Transición (varios grupos de influencia en Bengasi más los de Misrata, los de Trípoli eventualmente, los de las ciudades que van siendo liberadas), qué pasaría con el aparato del estado (en Iraq, el proceso de “de-Baathificación” del país fue el mayor de los desastres), hasta qué punto llegarían las venganzas con los que fueron leales al dictador depuesto. Y claro, quién se lleva los lucrativos contratos de extracción de petróleo en la nueva Libia y si los antiguos (firmados con el tirano por varias empresas occidentales, entre ellas Repsol) siguen en vigor.

Hay también algunas particularidades del país que hay que tener en cuenta. Si entre Misrata y Zlitan o Tawarga, que son ciudades vecinas, no se llevan nada bien; si entre los del este (la antigua Cirenaica) y los del oeste (Tripolitania) a veces parecen pertenecer a países diferentes; si la liberación por parte de soldados de otra ciudad puede ser vista como una humillación… ¿Qué entidad tiene, en realidad, la nación libia liberada? Detrás de las banderas, de las canciones patrióticas en la plaza de Sahat Al-Hout cantadas a pleno pulmón por decenas de niños, de las fotografías omnipresentes de los antiguos combatientes coloniales, ¿hay un espíritu nacional ante el que las otras filiaciones vendrían a menos?

Así que no me parece descabellado que sí, que la guerra debe terminar pronto pero no demasiado pronto. El tiempo justo y suficiente para que esté más o menos claro cuál sería la particular hoja de ruta para pilotar una transición hacia un gobierno estable.

Y así surge el concepto de línea roja. Que el ejército rebelde no puede traspasar. Más allá de la cual, la OTAN no garantiza su apoyo. Las líneas que una y otra vez los oficiales de la OTAN niegan que existan y por su lado los rebeldes (soldados y comandantes, incluso a veces en declaraciones oficiales) dicen que sí que existen. De manera que da lo mismo que en Ad Dafiniyah se hagan incursiones todos los días, no importa si se conquistan dos, diez o veinte kilómetros: acabado el ejercicio, retirados los soldados muertos o el material incautado, jugándose la vida por creer en lo que están haciendo, los soldados rebeldes tienen que volver a la casilla cero, a la carretera de donde salieron, al punto de partida.

Y lo demás es juego: ir golpeando a Gadafi (pero no mucho), no dejar que caigan las ciudades rebeldes (pero tampoco liberar otras nuevas, más bien animar levantamientos espontáneos, una clave importantísima de esta guerra), animar a la población con ataques de helicópteros mágicos que luego o no llegan (Misrata) o son mínimos (Brega), y entretanto esperar cómodamente en una situación que en el fondo beneficia a la alianza atlántica, pues les pone en el control de una guerra extraña en un momento en que varios de los países líderes de la ofensiva tienen elecciones dentro de poco.