sábado, 18 de junio de 2011

Día veintiséis: está cambiando el viento


El día de hoy en realidad empezó anoche. La otra guerra es la de los rumores, que son constantes aunque todo el rato cambien. En Misrata todo el mundo se dedica a la rumorología: los soldados, la gente de la calle, los miembros del consejo de transición, los periodistas… Todo el mundo quiere que pase algo y que pase rápido, y eso que lleva ya mes y medio a punto de pasar, parece que se resiste y simplemente no está pasando: el frente no se mueve.

Y luego está la paranoia: un misil de las fuerzas de Gadafi golpeó la refinería de la ciudad sin causar grandes daños, y al día siguiente se publicó una fotografía donde dos técnicos inspeccionan los daños. El caso es que, poco después, otro misil impactó en el mismo edificio con mejor puntería. Conclusión: la foto (en la que no se ve más que una sala llena de muebles calcinados y dos tipos agachados mirando algo) sirvió de fuente de información al enemigo para mejorar su puntería. La lógica no se aplica, y en el fondo no es relevante, pero las consecuencias son directas: los medios de comunicación empiezan a tener restricciones para acceder al frente.

Anoche, junto con otros dos periodistas, intenté pasar la noche en el frente. Se preveía para hoy un importante ataque rebelde y no queríamos que la censura incipiente nos dejase fuera de la fiesta, así que a eso de la medianoche salimos hacia Ad Dafiniyah por carreteras secundarias. Sólo para conseguir que en uno de los checkpoints nos hiciesen volver. Argumentar no ha servido para nada; la prensa, dicen, no puede pasar, y parece que hay incluso una lista de soldados… Lo que retroalimenta la impresión (el rumor) de que efectivamente se prepara algo grande.

Esta mañana hemos vuelto: a las siete estamos pasando el mismo checkpoint sin ningún problema y nos lanzamos ansiosos sobre la carretera que define el frente. Al poco rato nos damos cuenta de que no hacía falta tanta ansiedad: los soldados duermen, no hay tal ofensiva, al preguntar todo el mundo responde: “may be”, puede ser, quizás, a lo mejor, quién sabe, Insh’allah, si dios quiere. Lo de siempre.

Yo decido pasar el día entero en el frente, total, ya estoy aquí y no sé cómo de difícil será volver a entrar. Apenas hay actividad en todo el día y me sorprende el escaso número de cohetes Grad que se lanzan desde cualquiera de los dos lados: seis o siete a eso de las dos del mediodía, nada más. Me llevo muy pocas fotos. Pero dos veces me resulta imposible acceder a la primera línea, donde están los soldados más avanzados. Y no me importa argumentar por millonésima vez que ya sé que no es seguro, esto es una guerra al fin y al cabo, que no se preocupen por mí. Pero hay una diferencia cualitativa cuando la razón es que la prensa no puede acceder o que es secreto, más aún cuando estas restricciones tienen más que ver con la rumorología que con una orden directa. Un soldado llega a decirme que hay periodistas españoles (pero por supuesto no yo, se apresura a añadir) que “espían para el ejército español”. Es un elemento más del folklore de esta guerra, pero esta manera de pensar cala en las dos direcciones: desde los soldados a los mandos y viceversa. En el frente de Bengasi, en Ajdabiya, ya hace tiempo que no se permite el acceso a los medios. Como consecuencia, el interés por la guerra y la causa de los rebeldes ha mermado considerablemente.

Pero hay más razones: cada vez me resulta más difícil vender mis fotos. Misrata está decididamente fuera de la atención mundial incluso cuando se habla de Libia. La acción está en el oeste, en las montañas de Nafusa. Y eventualmente Zlitan caerá, pero llevo casi un mes en Misrata y la posibilidad de entrar a la ciudad con las tropas rebeldes se aleja más y más en vez de acercarse.

Es el momento de pensar en irme. Y en el mismo instante en que me lo planteo, me doy cuenta de cuántas cosas tengo pendientes. De lo difícil que es resumir una ciudad y una guerra a un puñado de fotografías, de la diferencia tan enorme que hay entre una fotografía buena y una gran foto que en una sola toma cuente una historia completa. Así que la paradoja es que, por un lado, Misrata y el frente no dan mucho más de sí y sin embargo, subiré al barco pensando en que me he dejado mucho atrás.

Pero está cambiando el viento, hay que recapitular, planear los últimos días aquí, atar cabos, arriar velas, cerrar círculos.